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Recortes

Un experimento pulp

Acerca de Claroscuro

Seudónimo: Claroscuro
Sexo: Hombre
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Entradas julio 2010

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  • En el fondo del cajón...

    banneret%20copia.gifHe recordado hoy este fragmento que escribimos para Barcino, una crónica que narramos cierto diablucho y un servidor, en un formato un poco inusual hace ya un tiempo (y casi que añado "en una galaxia muy, muy lejana" por todo lo que ha llovido desde entonces). El caso es que la historia de fondo, como el iceberg proverbial, nunca llegó a sobresalir más de unos pocos centímetros por encima del nivel del mar y francamente nos quedaron muchas cosas en el tintero, muchas de las cuales siento que forman parte de mi propia historia. Porque en cierta forma eso sea escribir, hacer un poco de arqueología, quizás. En cualquier caso esta es la excusa perfecta para este vano y ejercicio veraniego, pulposo y sin pretensiones y probablemente éste sea, también, el medio idóneo.

    Los dedos del pianista se deslizan sobre las notas con agilidad felina. Habilidosos, arquean serpentinamente entre el negro y el blanco. Ese amargo néctar de los dioses se eleva hacia los cielos de fresco pintados sobre las antiguas paredes. Con cada nota que toca, el virtuoso arranca un nuevo llanto a su piano de cola, ajeno al humo y a las lenguas de llama que se relamen en el patio de butacas. Ajeno también a los aullidos de pavor de los pobres diablos que corren, buscando una salida. Una cortina de humo pronto engulle sus figuras, y el ojo del miedo vislumbra otras, demasiado raudas e imponentes para no ser fruto del delirio del fuego. Desde el otro lado de la palpitante puerta encadenada, se puede oír a los que de momento siguen vivos.

    En el exterior, la noche estrellada queda manchada por una aurora gris oscuro. Pero las callejuelas del barrio gótico son ya de por sí oscuras, mohosas y malolientes, y la pobre alma que se apresura ni siquiera intuye la enorme humareda que se está formando sobre su cabeza. Pero de hecho tiene otras cosas de que preocuparse, y mucho. No por nada se arrastra por entre esas paredes milenarias con el andar truncado de un moribundo. La mayoría de los que se cruzan en su camino se apartan a una distancia prudencial, creyendo que se trata de un indigente o un borracho pasado de vueltas. Pero todos se equivocan, Juan Tres dedos no ha bebido ni una gota de alcohol. Se aleja poca a poco de los contornos de la Catedral, sabe que allí ellos no son bienvenidos.

    A la lejanía, la cohorte de sirenas suena al mismo tiempo, formando un disonante unísono que sólo un coro de Valquirias cegadas por la rabia podría igualar. Mas el rumor no pasa desapercibido por los que observan desde su palacio, desde allí donde la ciudad empequeñece. Alrededor de la mesa triangular, todos parecen saber qué son todas esas lucecitas rojas y azuladas en la lejanía, que en sus ojos se reflejan como luciérnagas.

    -“¿Y… bien?” uno profiere, con una sonrisa lánguida y nerviosa que le atraviesa la cara como un puñal.

    El silencio reverbera durante un breve instante, hasta que una voz grávida y autoritaria lo extingue.

    -“Penso che é evidente. É l'hora.”

    Como resortes mustios, pero no por ello menos eficaces, los presentes se alzan. Destapan una pequeña urna de plomo en el centro de la mesa. Sus manos no tiemblan, pero se intuye el miedo en sus frías miradas.

    Lejos de ahí, un carruaje destartalado surca senderos pedregosos, con el rítmico golpeteo de las ruedas de madera contra las piedras y el choque metálico de cachivaches en el interior. Una tela con estampados de flores y motivos celtas cubre la mayor parte del tambor envejecido por el polvoriento viaje. De entre las rasgaduras de la lona sobresalen varillas que conforman el arco de la estructura. Cuerdas trenzadas lo decoran, atadas a tronquillos, huesos, y piedras coloreadas. Las bestias que habitan el bosque se arriman al camino para observar a los peregrinos. Avisados por la música que el vehículo de aspecto gitano desprende, ardillas, pájaros y perros, parecen no tener ningún tipo de miedo, y no huyen al oír el relinchar de los caballos.

    En distinto momento, en la cima del Tibidabo, los niños se afanan por montarse a las atracciones una última vez antes que el parque cierre. Los suertudos que la tienen, acaban de mordisquear la manzana caramelizada, o la nube de azúcar rosa. De entre el corretear,aparecen dos chiquillos, que entre aspavientos piden permiso y 50 céntimos a sus padres para intentar de nuevo llevarse la escurridiza chochona de la parada de tiro a las bolitas. Con el beneplácito inquieto de la madre, se escurren hacia la parada de tiro, en la parte baja del parque.

    En distinto lugar, una espiral fluorescente de neón ilumina intermitentemente los ojos de Tres Dedos. Tiene las pupilas dilatadas, perdidas, y casi da la impresión que estén reflejando un prado de espliego. Aunque todo es una ilusión óptica, su naturaleza se esta corrompiendo por momentos. Empieza a llover tímidamente y él se resguarda en un local de noche donde las luces y colores ácidos se pintan sobre un profundo negro.

    -Otro niño perdido... –comenta para sí la camarera, demasiado bajo...

    ...Demasiado lejos. Los hermanos ríen y mientras corretean el mayor jura, gesticulando, que va a abatir las tres bolas personalmente. Por supuesto, el pequeño le dice que no, que va a ser él quien lo haga, y usa palabras que los mayores le han prohibido mil veces. Al final, cerca de las escaleras que bajan por el paseo hacia la zona de paraditas, arguyen que el primero en llegar será el primero en tirar. Como rayos bajan por el paseo, esquivando los ya muchos que emprenden el camino de vuelta a casa. Las zancadas del mayor cubren más terreno y pronto el pequeño se da cuenta de lo injusto de su juego. Más, para su sorpresa, descubre junto al siseante paseo una escalinata que se antoja como perfecto atajo. Baja los peldaños masticando una sonrisita, pues se sabe ganador inesperado. Horas después del cierre del parque, las miradas pesan entre los trabajadores del parque, que esta noche hacen horas extras junto a la policía. Cuando el inspector está a punto de pedir aún más efectivos, sobreviene la noticia. Intentando hacer gala de un tacto que no tiene, el agente informa al padre, que se esfuerza por mantener la compostura, de que precisa su colaboración. El hombre explota en aúllidos de dolor cuando reconoce el zapato de su hijo, empapado por el agua.

    El chapoteo es sordo, arrítmico, sin pausa. Los pies de la figura se arrastran por el sucio suelo de la galería subterránea. Lejos de ahí, en el estudio del lánguido palacio, dos bolas de mármol blanco descansan en anárquica posición sobre el suelo. De vuelta al submundo, la figura titubeante, avanza. Su mano cerrada le pesa cada vez más, atrapando un guiño de azabache.

    La Caravana cruza un riachuelo, tuerce en una bifurcación sin señalizar, y tras escalar con dificultad una pronunciada cuesta, se detiene. Con el pulso acelerado, los caballos respiran profundamente exudando vapor por sus fauces húmedas y acaloradas. Del carromato baja una dama de facciones delicadas,
    porte altivo y blanca tez.

    -Hemos vuelto, Barcelona, por fin hemos vuelto a casa.
    Entrada publicada el 28-07-2010 a las 21:28 h.

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